Barrunto en mi
corazón
Para Betty Mendoza, que gusta de estos escritos
y con quién me encadeno con este y otros temas
Una peculiar versión de Lamento Jíbaro del Gran Combo de Puerto Rico, cantan Charlie Aponte y Gilberto Santa Rosa
En una entrada anterior
en este blog, La vida de los objetos,
recordaba que el tocadiscos de mi casa por las mañanas tocaba Beethoven. Sin embargo,
la educación musical de esos primeros años (6 0 7 tendría) se alimentó más de
lo que se tocaba durante el resto del día, primero el tocadiscos en Catia y
luego el Picó en Los Corales cuando nos mudamos a la Guaira. Y ellos lo que
tocaban el resto del día era Salsa; y se repetían las canciones incesantemente.
Dos canciones
marcan el recuerdo de esa mudanza; que fue progresiva pues “bajábamos” a la
Guaira los fines de semana para estar un rato en la parcela y ver los avances
de la construcción de la casa hasta el cambio definitivo; la primera Lamento Jíbaro en la voz de Andy Montañés
y la orquesta del Gran Combo de Puerto Rico, y Se me perdió la cartera cantada por Junior González con la orquesta
de Larry Harlow. Ambas sonaban por el Caribe en 1974.
La gran influencia
de la cultura popular puertorriqueña y nuyorican en esos años era insuperable,
y nos llegaba en letra y música. Sumemos allí a Ismael Rivera y sus cachimbos,
Ismael Miranda, La Sonora Ponceña, Cheo Feliciano, Fe Cortijo, el Tite Curet
Alonso, Rafael Hernández, Rafael Cortijo, Rafael Ithier, Tito Rodríguez, Bobby
Capó, Willie Colón, Héctor Lavoe, Luis Perico Ortíz, Ray Barreto, Papo Lucca,
los hermanos González (Andy y Jerry), Marvin Santiago, y tantos más.
Aunque los
venezolanos tenemos vívida la experiencia caribeña, a los isleños (de Cuba,
Puerto Rico y República Dominicana para referir a las islas con las que
compartimos idioma) les cuesta ver la cuenca caribeña completa, e incluso eso
que Alejandro Calzadilla llama “el Caribe ampliado” que pasa necesariamente por
New York, en ocasiones por Miami y hasta por New Orleans. Quizá algo de esto se
encuentra en su necesidad de intentar de dejar siempre fijas sus fronteras
culturales por estar al centro de constantes intercambios por su condición portuaria.
Una historia se me ocurre para ilustrar esta paradoja de la condición de
isleños, es aquella que relata el escritor cubano Leonardo Padura en el prólogo
a la segunda edición de El libro de la
Salsa de César Miguel Rondón. Cuenta Padura que los cubanos llegaron tarde,
dando traspiés y cabezazos al encuentro con la Salsa, que durante los años 60 y
70 la isla de llenó de sonidos de quenas y tamboritos andinos, en la línea que
la dirección política entendía como la latinoamericanización de su cultura. Si
acaso algún “especialista” denunciaba que estaban saqueando la herencia musical
cubana y que eso llamado Salsa era un engendro comercial y capitalista sin
ninguna importancia, una falsedad artística sin valor musical. Ese bloqueo cultural
a lo que ocurría en el Caribe se lo impusieron ellos mismos. El concierto de
Fania en la Habana en 1979 y la visita de Oscar D´ León en 1983 marcaron el comienzo
del cambio. Algunos cubanos continuaron con las diatribas irresolubles, por
estériles en su planteamiento, sobre la inexistencia de la Salsa porque eso era
música cubana que les habían robado y nada más.
En ocasiones
pareciera que los puertorriqueños tienen cierta incapacidad para ver su
influencia en la cultura de todo el Caribe, y al mismo tiempo para sopesar las
influencias recibidas. Su trayecto histórico de nación aun colonizada les
condiciona. En un libro publicado recién por la editorial El Perro y la Rana
encontramos, bajo el cuidado editorial del pana Lenin Brea, una antología de
ensayos recopilados por César Colón Montijo, el resultado es Cocinando suave: ensayos de Salsa en Puerto
Rico, contiene 18 trabajos que exploran el vínculo cultural de la Salsa
desde amplias perspectivas: desde los estudios culturales, la poesía, la
imagen, la muerte, los géneros, la comercialización etc. Un dato no puede pasar
desapercibido, casi todos los escritores estudiaron y viven o vivieron fuera de
la isla, y esa mirada a distancia enriquece la visión. Creo que es lectura que
mucho nos puede aportar para comprendernos como parte de esa cultura.
Es tan fuerte
esta influencia que hasta podemos reconocernos y hermanarnos por una sola
coincidencia salsera puertoriqueña. Así nos paso con Oswaldo Marchionda cuando
estudiando antropología en la Universidad Central de Venezuela nos reconocimos
al intervenir al unísono para corregir a un compañero que quería dictar cátedra
sobre la más reciente canción de Sergio Pérez El jalajala, que él juraba era nueva. Entre ambos le hablamos de
Richie Ray y Bobby Cruz y sellamos con una mirada de reconocimiento la amistad
que todavía perdura. Al compañero que profanó nuestra identidad lo perdonamos
por su origen uruguayo.
Para cerrar esta
cadena otra anécdota. En una oportunidad mi queridísima cuate Amparo Sevilla me
preguntó cómo explicaba ese fenómeno de mi devoción por la Salsa y por las
danzas tradicionales y el que yo no bailara. En el momento no tuve respuesta. Hilando
este escrito encuentro lo que puede ser un fragmento de respuesta, quizá el
migrar de Catia a Caraballeda impidió en mí un desarrollo seguro del baile, y
en cambio la música si fue el puente de esa transición. O no, quizás es más
simple como alguna vez me dijo el mismo Oswaldo, al crucificarme: ¡Tú lo que
tienes son dos orejas de trapo!
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Acá tres de los implicados: Oswaldo Marchionda, Amparo Sevilla y Alejandro Calzadilla |