domingo, 19 de septiembre de 2010

La vida de los objetos






Para Rodrigo, quien solía ser mi guía en estos mundos.
¿Cuáles objetos marcaron nuestra irrupción cotidiana en la modernidad? De niño solía jugar o aterrorizarme ante la visión de ciertos objetos que mi padre tenía en el apartamento. Un kit para inyecciones en su estuche todo de acero, en desuso pero temible en su frialdad; una cámara filmadora de 81/2 mm y su proyector, donde podíamos ver pequeñas películas familiares y algunas cintas de comiquitas y documentales; un largavista enorme, negro y pesadísimo; un tocadiscos portátil, con estuche negro, que en las mañanas sonaba a Beethoven, con varios ajustes para el eje donde revolucionan los LP; y finalmente el televisor de la sala, grande, como una lupa gigante, en su caja de madera con patas, en blanco y negro por supuesto, que en realidad era una escala de grises y un botón para manipular el brillo, que hacía desaparecer los contornos de los objetos y las personas en la pantalla. La nevera y la lavadora, por su uso tan diario, perdieron rápidamente su aura; el carro, un Ford Fairlines, simplemente posibilitaba las salidas de playa y luego las visitas a la casa en construcción en la Guaira. Otros objetos eran menos que importantes, sólo útiles, mesa, sillas, camas, literas, cocina, muebles; indispensables para vivir pero sin la importancia de los objetos que nos daban entrada a otro mundo, del que no entendíamos su funcionamiento, pero si su función. La vida de estos objetos sólo es importante en tanto nos acerca al reconocimiento de nuestra propia vida y sus relaciones.
Éramos 11 en el apartamento, en un pequeño edificio de un complejo de viviendas construidas por el Banco Obrero en Catia, Caracas. Entre veredas de casas anteriores al complejo, se levantaban los edificios con 5 o 6 pisos, escaleras grandes, patio delantero, y una zona de jardines y canchas deportivas en la parte de atrás. Cinco varones y cuatro hembras, mamá y papá, y en los últimos tiempos un perro, no cualquier perro: un Pastor Alemán. Tres habitaciones, sala-comedor, cocina, lavadero y tendedero al aire libre, de esos que son como estrellas tejidas de alambre, y el baño. El cuarto de las hembras el más chico, el de los varones grande pero con bibliotecas adosadas a las paredes, del piso al techo, y todos los libros, cuyo olor aprendí a amar desde entonces.
Ese mundo, donde estos objetos cobraron vida social, uso y desuso, que a mis primeros 6 años de edad se me figuraba enorme, de seguro era muy pequeño para la convivencia de tantas personas. Pero sólo recuerdo peleas entre hermanos por la distribución de favores y beneficios de parte de mamá, quien organizaba y regía ese microcosmos.
A la inyectadora no recuerdo verla en acción, pero al abrir su estuche de metal, quedaba expuesta una manufactura de instrumento de tortura o de medicina moderna, que a los efectos tienen muchas correspondencias. Despedía un olor a alcohol y a cosas malas que aun hoy en la memoria no es grato. Tener al cuello el largavista era una proeza, lo mejor era subirse a una de las literas y ver hacia la cancha. De vez en cuando se podía abrir una de las tapas de los lentes y sacar un prisma, objeto raro si los hay, en su mediación entre el hielo y el espejo, que derrite la luz que le atraviesa y la refracta en otra dirección. La filmadora no era de fácil obtención, pero tenía muchos y pequeños objetos: cintas de varios colores y tamaños, plaquitas de plomo para pegar las cintas, limadura de hierro, frasquitos de varios tamaños, varios juegos de lentes con sus filtros de colores y un estuche de cuero. Al tocadiscos no tenía acceso, pero recuerdo bien los discos de 45 y 35 rpm, de pasta gruesa. El televisor era el más próximo de los objetos de la modernidad a mi mano, frente a él pasé muchas tardes y noches, comiquitas y series norteamericanas de varias décadas anteriores eran el menú principal.
Estos objetos no perdieron su aura, al contrario, como evocación de lejanía como recuerdo, conservan su unicidad (que no lograban ni la lavadora, ni la nevera, ni el carro), eran objetos únicos en su inserción en la vida de la familia, no porque no fueran de producción masiva y de técnica industrial, sino por moldear una sensibilidad, un estado de alerta estético y vital. En su mayoría estaban llenos de una percepción estética de lo espacio-temporal, allí radica su valor cultural. Por más cerca que los tuvimos, conservaron un enigma, y nos daban entrada a la sensibilidad de una época, al descubrimiento de los sentidos más exaltados por la modernidad, el oído y la vista. Formaron parte de nuestra primera educación sentimental.

jueves, 24 de junio de 2010

Vecinos III


Leãonzinho
No fue propiamente un vecino, más bien un visitante. Estuvo en la calle paralela a la que vivo, la gran avenida Sarmiento. La tarima la armaron justo frente al complejo ferial de La Rural. En medio de las dos calles el zoo. Caetano Veloso llegó sólo con su guitarra y esa voz tan extraordinaria. De inmediato se hizo un silencio mágico, y esa multitud de varios miles se tornó como un mar calmo. A mitad del concierto cantó A leãonzinho. Simultáneamente Dana y yo pensamos lo mismo, nuestro vecino, el león, seguro que también estaba lleno de esa gracia que esparció con sus canciones el visitante, por esa canción que dice en un verso que para desentristecer/ leoncito/ a mi corazón/ basta encontrarte en el camino. Por eso no rugió esa noche nuestro vecino, encantado a su vez por la canción de Caetano.

viernes, 30 de abril de 2010

Vecinos II


La calle tiene muchos árboles, aunque por efecto del otoño van quedando pelados de hojas y queda expuesta la enramada. De noche está muy iluminada, para cuidar que nadie entre o que no se escapen, según se vea.

Ya lo hace seguido, cada madrugada entre tres y cuatro. Parece que ensaya porque comienza de a poco y de repente es como si abriera las fauces todas y sale ese sonido ronco y prolongado como de piedra, y seguro agita la cabeza. Con los gatos del jardín aprendí a adivinar sus estados de ánimo por el movimiento de la cola, con él debe ser igual. Aun no lo visito, pero tenemos seis meses conviviendo.

El león volvió a rugir anoche. Durante el sueño no da miedo pero encanta.

jueves, 11 de febrero de 2010

Vecinos I


Creer o no

Apenas si nos cruzamos en el ascensor, aunque generalmente uso el de carga para no encontrarme con nadie, de manera que los he visto poco. Una pareja que sale con cochecito, una señora muy viejita que siempre sale sola y un par de adolescentes. Del resto nada.

Pero recién di con otro vecino, el de la foto, a sólo unas cuadras de mi edificio. Siempre meditando, aun en estado de bronce.

Al pie de la estatua una frase de Albert Einstein, dice algo sobre lo difícil de creer para las generaciones futuras que un ser humano así haya caminado sobre la tierra. Curioso legado el de la Mahatma Gandhi, nos regala también la incredulidad.

lunes, 18 de enero de 2010

La intima multitud de Gioconda Belli


A mediados de los 80´, un amigo me entregó un montón de fotocopias ya muy trajinadas, las cedió como quien se desprende de un tesoro. Era la copia de un poemario: Sobre la grama, el primero de la nicaragüense Gioconda Belli. Poesía erótica y comprometida con el decir de una mujer aguerrida y sensual. ¡Vaya descubrimiento!

Las recibí en la universidad de manos de Yahín Arteaga y después siguió su recorrido entre otros amigos, a todos no pasaba igual; desde las primeras páginas nos reconocíamos como cofrades deslumbrados, vasallos prestos a rendir tributo, eran además los últimos años de la esperanza sandinista.

Pasarían más de 10 años para que consiguiera otro de sus libros, para visitar la escritura cifrada de feminidad de la nica en De la costilla de Eva, que otro amigo me trajo de Nicaragua y que ya no tengo en mi biblioteca, porque con los libros de Gioconda me pasa que siempre los presto, insisto para que otros la descubran. Desde entonces he podido disfrutar de su escritura desdoblada, entre sus novelas y su poesía, mujer sin concesiones en lo político y con la palabra, pues su decir es de mujer, no imita la literatura dominada por los hombres.

A mediados del 2008 la autora ganó el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral en su cincuenta aniversario con la novela El infinito en la palma de la mano. Literatura difícil de clasificar la de éste libro, quizá sea una obra de cierre simbólico, que remite a arquetipos y temáticas ya exploradas en el resto de sus libros: la mujer, lo erótico, la justicia, sexo, hijos, amor; todo desde el principio ¡Desde el principio en el Edén, con Adán y Eva como personajes!

Gioconda Belli hace lo que tantos escritores han olvidado hoy en día: contarnos una historia. Es así que nos cuenta sobre el Edén y el surgimiento de los primeros problemas humanos, los de la convivencia. Sólo que esta vez es Eva quien tiende el hilo, el comienzo de la historia como responsabilidad y no culpa de la mujer. Desde la fuerza evocadora de los primeros conflictos de la primera pareja, que todavía siguen siendo, nos sumergimos en un universo simbólico, donde todo está por suceder por primera vez, aún la rudeza de la expulsión del Paraíso, el descubrimiento del amor o el sexo, el avistamiento del mar.

Decía Jung que hemos desposeído a todas las cosas de su misterio y numinosidad, que ya nada es sagrado; en esta novela religamos por medio de una historia que creíamos conocer muy bien y que nunca detallamos en su riqueza simbólica. Desde la expulsión del Paraíso caminamos por fuera de las murallas del edén, volver siempre será una empresa circular, una nostalgia retenida en los huesos. El primer y último camino.

Esta lectura nos insiste que el conocimiento adviene de una sensación multiplicada: al morder el fruto prohibido, se derraman aroma y jugo. El placer de la sensación… que abre la posibilidad de rendirse ante la suavidad exquisita de la piel de la mujer. Boca y piel y fruta. El conocimiento desde el cuerpo.

Nos sucedió algo interesante a medida que avanzábamos en la lectura. Eva iba ganado cualidades de su autora; Gioconda Belli quizá más entrometida que nunca en su propia literatura. Más incluso que cuando escribe poemas sobre la maternidad o narra los momentos más álgidos de la lucha sandinista. Aún más que en El país bajo mi piel, libro biográfico donde rinde cuentas con la dirigencia del sandinismo. Más que en muchos poemas donde deja la piel en la página, y el sudor y las lágrimas. Aparecen los contornos de una Eva nicaragüense, con una unión de imagen y sentimiento, que nos alumbra el surgimiento arquetipal de las varias mujeres que Gioconda contiene. Porque en este libro sentimos que se visita a sí misma y a su obra.

jueves, 7 de enero de 2010

TERRAL (Fragmento V)


HENDIDURAS

Entre ríos y quebradas se cuentan veintisiete en todo el estado, siguen siendo la fuente del agua que surte la zona, delinean la montaña formando parte de los miedos y las querencias de los guaireños, bien vale su nominación, limpiar su nombradía de espanto, encontrarnos en sus cauces con otro sentir; para que el horror no se convierta en la referencia geográfica: Chichiriviche, Tacagua, Uricao, Curucutí, Picure, Mamo, Piedra Azul, Cariaco, Osorio, Macuto, El Cojo, La Llanada o Camurí Chico, San Julián, Quebrada Seca, Cerro Grande, Uria, Naiquatá, Camurí Grande, Care, Anare, Los Caracas, …



viernes, 25 de diciembre de 2009

TERRAL (Fragmento IV)


La Guaira entre la memoria y el olvido

Para los caraqueños la Guaira es “el litoral”, balneario de fin de semana, de rumbita o descanso, dependiendo del furor o agotamiento que la ciudad capital imprima en sus habitantes. La costa abierta deja de lado la percepción de la montaña y sus ríos, quebradas, cortadas y demás hendiduras. Los habitantes (“naturales” nos llamaría un etnólogo adelantado) sí nos reconocemos en esos territorios. Aunque se convirtieran poco a poco en desaguadero de inmundicias, siempre podíamos disfrutar de los ríos: San Julián, Cerro Grande, Camurí Chico, subir por Carmen de Uria y llegar a las pozas pasando por los petroglifos, también en Anare, o el caudal enorme y disfrutable del río Los Caracas; más hacia barlovento los ríos francos de la costa (para los naturales “La Costa” comienza después de los Caracas: Quebrada Seca, Todasana, Chuspa, La Sabana, Caruao) y a sotavento destaca el río que baja de Galipán (el Cojo por el teleférico y que pasaba magro a la vera del Castillete de Reverón y el Macuto que conecta con el camino de los españoles. El Guanape, famoso en la colonia por su clima, que marcaba la entrada a los aires benéficos de Macuto, muy poblado en sus márgenes en las últimas décadas, con el cementerio de cara a la costa marina. El Osorio, que visto desde el puentecito colonial de la Guaira era un hilillo de agua turbia, se puede subir por su cauce serpentero y encontrar el camino de los españoles. En los últimos años escondiendo las comunidades de humanos más miserables que se puedan ver, la gran hendidura de la montaña se los va tragando, sus pequeñas casas de cartón y tela, de latas y pedazos de madera, es la montaña que se abre y se traga a sus habitantes, invisibles para el transeúnte de la vía de la playa, por lo demás la única que comunica toda la Guaira. De allí en adelante son sólo nombres los que reconozco: de Piedra Azul hasta el río de Tarmas en una montaña más empinada y agreste, habitada por gentes más de montaña que de mar, donde el mar es la excursión.
Puerto, aeropuerto y playas, esta representación caraqueña guiada por el uso del territorio y sus beneficios no coincide, lógicamente, con la de los costaneros. En la Guaira los conocedores de la montaña son montaraces, por ejemplo los galipaneros o los sanjulianeros en las alturas de Caraballeda, que saben de cultivos y de leyendas como la del “lión,” que bajaba de la montaña a buscar comida: animales domésticos, niños, acaso alguna púber (en la subida por el río San Julián visitamos varias veces su cueva, o más bien el escarpado tallado en la roca, con arenilla en el piso, restos de comida y el inigualable olor de los felinos en el ambiente).
Una confesión. En la adolescencia y juventud viví sumergido entre el río de esta montaña y el mar, conocía los mejores pozos del San Julián, arriba, muy arriba, 45 minutos andando desde la cantera, saltando la rejas del Inos, por un camino de recuas, pasando el bebedero de los animales donde también nos refrescábamos, en medio de árboles enormes y enormes peñascos. Así hasta llegar a los pozos y toboganes naturales, hechos precisamente de piedras rudamente talladas, pero exactas en su desequilibrio que hacían una cueva y dos pozos maravillosos. De allí a las playas, desde Camurí Chico hasta Playa Escondida en Tanaguarena, pasando por Alí – Babá, Caribe y Caribito. El secreto estaba en ésta última, con una “mesa” de piedra y coral paralela al espigón final de malecón, donde nos parábamos a…jugar, con el añadido de una buena guarnición del anís adolescente.

viernes, 18 de diciembre de 2009

TERRAL (Fragmento III)


La Guaira entre la memoria y el olvido


La primera fotografía. Salir al patio en pijama y usar la Polaroid que me regaló Romer, (debe ser abril o diciembre), debo tener 8 o 9 años.

Aun conservo esa foto, oscura, borrosa, con la bruma del amanecer y la memoria, es curioso, se supone que a partir de las fotografías, “que congelan imágenes en el tiempo”, recordamos eventos, situaciones o personas; con esta imagen me ocurre lo contrario. Tengo impreso en la piel el frío de esa mañana, el aire suave que baja muy temprano desde La Silla de Caracas, los colores del amanecer, el viento que sopla de tierra que mi padre presintió cuando le puso el nombre a la casa, porque a pesar del calor continuo del día siempre bajaba de la montaña un terral refrescante.

Como decía, el recuerdo está fresco después de treinta años. El levantarme con sigilo y ansiedad, para no despertar a los demás en la casa y por probar la cámara que saca fotografías instantáneas. Luego de abrir con cuidado la puerta corrediza que da al patio salgo y comienzo a ver por el visor de la máquina; que recuerdo grande, pesada y negra, ajustando los posibles encuadres.

La definición perfecta me la da enfocar al sur, voltear, porque la costa siempre es el frente, y encontrar justo La Silla de Caracas que resguarda nuestra casa en Los Corales. Después ensayaría tomando fotografías en el patio, a los frutos de la granada, las rosas amarillas.

Pero volvamos a la primera imagen. El formato es el pequeño de las instantáneas, debe ser 5x5 con márgenes blancos en los bordes, de donde iba pegada la película que emulsiona en un tiempo que hay que contar pausadamente para arrancarla y dejar a la vista la imagen positiva.

En el recuadro se ve el perfil del cerro al amanecer, una claridad que recorta la silueta exacta del Ávila, en primer plano “el cuartico” de la casa, construido años después de mudarnos, donde estaba la lavadora, los peroles, los libros que ya no cabían adentro. Para lograr esa foto había que enfocar a lo alto y así no salía todo el edificio que queda justo arriba, al centro de mi calle y que anunciaba la entrada a la cuarta etapa de la urbanización[1].

Esta acción, de salir al patio y voltear la mirada atrás para ver la montaña, la repetiría innumerables veces a lo largo de la vida.

La parte del Ávila que da al mar tiene una particularidad que no le conocen los caraqueños por vivir en el valle, y es que la pendiente es muy pronunciada y realmente se vive en la franja que queda entre el mar y el cerro y se van tomando las faldas de la montaña, subiendo por sus pliegues de agua, de ríos y quebradas. De manera que nos da una sensación de “presencia” muy fuerte, al ver ese perfil recortado por el azul marino del cielo guaireño.

Con el recuerdo me viene una certeza: debe ser diciembre porque en abril esa parte de la montaña se llena de puntos amarillos de los apamates y araguaneyes en flor. No los veo.

***


[1] El edificio que se ve sobre el techo en el lado izquierdo es el Cerromar, donde al momento del desastre un impostor (impostarse en la desgracia!! Vaya país que tenemos) llamaba a las radios de Caracas diciendo que se encontraba tapiado y así se convirtió en un símbolo del esfuerzo por rescatar a la gente, aunque después se descubrió el fraude y se supo que el hombre quería llegar hasta allí y que el gobierno le regalara una casa cuando lo salvaran. Estas situaciones de “comedia” se cuentan varias a raíz del desastre. Sacar provecho de la tragedia de otros. Puro zamurismo social.

jueves, 17 de diciembre de 2009

TERRAL (Fragmento II)


Terral
IV

06-06-2000

Aún no hay olor a mar.

Las playas son puro pantano, no habrá pesca en algún tiempo dice M. antiguo vendedor de pescado en Caribe, con casi sesenta años, de los setenta y dos que tiene, viviendo en la Guaira.

A seis meses del desastre no hay otro tema de conversación. Al encontrarse en los carritos, todos necesitamos contar y saber de lo ocurrido. Estar todo el día entre ruinas hace muy difícil mantenerse en pie, la autoestima por el suelo. La psique anclada en el 15 de diciembre.

El desastre, deslastrarse de ‘tragedia’, ha puesto a la mayoría en la sobrevivencia no en la reconstrucción.

A. me dice que perdió más de veinte años de labor docente, inculcando el respeto, la moral y la rectitud. Le respondo que todos somos culpables.

La legitimación de la violencia y el resentimiento: personas que fueron grabadas saqueando en Los Corales van en planchas como concejales, otros como diputados, con el apoyo económico de organismos del Estado.

En una inversión semántica, con mucho de burla y sentido de lo grotesco se le llamó “El Sambil” al territorio arrasado de Los Corales. Se podía ir de “compras” a cualquier casa de la zona y llevarse lo que quedara en pie, o excavar hoyos para llegar a las casas y en un trabajo de topos o ratas extraer cada pedazo reutilizable. En caso de no tener más que saquear si la casa quedaba en buen estado la quemaban. Esto hicieron con mi casa.

Incomprensible egoísmo humano. En una reunión de vecinos de Los Corales, realizada semanas después en Caracas, una señora interviene: no vivió la angustia de estar esos días abajo, su angustia es otra, sabe de los saqueos, seguramente queda poco ya de su apartamento. Una imagen me queda de su exposición, la preocupación porque las neveras de nuestras casas estén llenas de gusanos o inmundicias y no le preocupan los cuerpos esparcidos y mal enterrados.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

TERRAL - viento que sopla de tierra - (Fragmento I)


                                        Entrar en la incertidumbre significa penetrar, quizás de bruces, en el corazón de lo real, colocarse junto al espesor de la única materia incierta que conforma nuestro hogar cósmico, el cual viene a ser simultáneamente montaña y agua permutándose a través de la nube que los enhebra y desteje.
Armando Rojas Guardia
El principio de incertidumbre
Entre el 15 y el 19 de diciembre de 1999 se sucedieron en el país una serie de lluvias e inundaciones que modificaron el territorio y la vida de miles de personas en los estados Miranda, Falcón y Vargas. Desde la infancia hasta ese momento viví en la Guaira, y establecí una relación muy particular en con y sobre el territorio. A partir de este hecho descubrí que se ha convertido en un territorio in-corporado, en una vivencia territorial, en un territorio vivido. Las lluvias del 99 simbolizaron una “fractura” del thopos. De las relaciones de proximidad, separación y continuidad entre el territorio y yo. Las desgarraduras que todavía hoy se pueden ver en las montañas, las sentimos igual en nuestra propia piel.
I
Esa noche del jueves dieciséis de diciembre de 1999 fue más dilatada. Sentí como nunca la porosidad del tiempo. No había luz eléctrica en ninguna parte, sólo hacia el este un resplandor y algunas luces en edificios, luces precarias, como de velas, con ese vaivén que le conocemos al fuego expuesto al viento.
Porosidad del tiempo decía. También es cierto que por la falta de electricidad y el mal tiempo ya a las seis la noche se cerraba. Imposible entonces mirar el mar, atisbar el horizonte, que es uno de los defectos de los costaneros. Después supimos su nombre: vaguada, de repente enriquecimos nuestro léxico, deslave, vaguada, avalancha, conos de eyección, desastre, tragedia. Fue clara la lección, no hay mejor maestra que la naturaleza. Sólo que la presentación de la naturaleza en estos casos, como dice M. Eliade, se acompaña de una percepción que va más allá, que es trascendente.
II
Se había formado una playa falsa de 150 0 200 metros, una lengua de lodo, palos y escombros en cada hendidura de la montaña, donde antes hubo pequeñas quebradas ahora el lodo cubría el mar le robaba las playas. Desde la azotea vi formarse esa extraña orilla con reflujos impresionantes, donde se vomitaban carros, lanchas, bombonas de gas, neveras, troncos de árboles nunca vistos.
Paradójicamente adentrarse en medio de esas corrientes me pareció la única forma de salvarse si la montaña terminaba de derrumbarse y la avalancha cambiaba un poco su cauce o lo agrandaba o en un giro inesperado las piedras se desplomaban justo hacia el edificio. Cómo predecir algo en esa situación. La realidad mil veces más fuerte que toda nuestra imaginación. Si vimos cómo se desmoronaba la montaña, qué podía seguir. Después supe historias de personas que se salvaron, luego de ser arrastrados muchos metros por las corrientes, precisamente por caer en esa zona oscura. Era como la formación de un universo, todos los elementos luchando, ninguna fuerza aún superior pero siempre el agua, del río, de lluvia, del mar. Esa confluencia era un espectáculo. Algo así sucede en todas las gestaciones pensé. Qué curioso, en plena destrucción la imagen que proyectaba en mí todo aquello era la de la gestación. Maravillosa síntesis. Era el caos, el del origen, donde fuerzas únicas, pocas veces vistas por el hombre, actúan. Nos percatamos en piel y huesos, no reflexivamente, de nuestra transitoriedad, de lo frágil de lo humano.
Lo vivido se nutre por los sentidos, lo que vimos y sentimos, lo terriblemente imaginado pero, nunca antes el sonido había tenido tanta importancia. La noche del viernes al llegar a Caracas y ver las imágenes en pantalla sentimos que algo faltaba. Eran imágenes mudas, con relatos y noticias en off sobre lo sucedido o tratando de explicar lo que nos presentaban. Había un hueco ¡claro, le faltaba el sonido!
Un descubrimiento: la naturaleza no se oye por los oídos. Su sonido entra por el plexo y nos invade. Imagino que las experiencias místicas tienen ingredientes como éste. Su “tempo” es arrollador, fácilmente puede quebrarnos el sentido al estar asociado a lo trágico. Es el caso de varias personas que encontramos en la confusión del éxodo, miradas perdidas, ruegos a Dios y sus santos no como invocación salvadora, mas bien como en espera de la salvación de su alma en pleno Apocalipsis, gente que recitaba salmos esperando el derrumbe de todo lo erigido.
III
Como en la serie pictórica y gráfica de E. Munch, “el grito” nos ensordece y hoy somos incapaces de oír ese dolor. A veces, como en sordina, groseramente, oímos. Entonces es el terror, la cara del protagonista del cuadro.
El eco de su grito. La vista interior del personaje, no es lo pensado, no es un estado de ánimo frente a un acontecimiento de la naturaleza, sino lo sentido que estremece, es una carga de energía que no se ve, se siente. Los sueños, el imaginario, el miedo, la soledad. El fenómeno natural nos transparenta, se disuelve lo individual ante la mirada interior. El golpe metafórico en la cabeza produce un aturdimiento de la razón, entonces pensamos/sentimos por otras partes físicas del cuerpo. En este caso (el mío) por el plexo solar, nos religamos desligándonos de lo racional. Esto tiene algo de acto creativo. Todo acto de fe es una creación. Implica una tensión que va del percibir sonidos, melodías o ruidos hacia lo atormentador, hasta el borde de lo soportable. En esos momentos necesito desconectarme. La figura del puente, la imagen del intersticio, la búsqueda del equilibrio, la ida con vuelta, la comunicación, en fin. No es casual que Munch pinte sus enigmáticas figuras del “horror” conradiano sobre puentes. Son la búsqueda de estructuras isomorfas. Dentro y fuera, entre nos, lo uno y lo otro, lo singular multiplicado,….
La actividad creadora/evocadora/sanadora se basa en las experiencias, tratadas no como acontecimientos aislados, sino como “excitación” psicofísica que se revive. Es la reproducción de la experiencia humana, subjetivamente vivida. Esto ocurre sobre todo con las vivencias de desintegración y muerte, que nos arrojan al absoluto, a la soledad del yo. Intentos por romper la incomunicación, sobre todo con nosotros mismos. Encontrarse con lo sagrado, o la naturaleza como su manifestación, a través de lo más humano; respirar, sentir, sufrir, amar.
En mi caso esta experiencia “bisagra” me ha ayudado a reconstruir la relación entre cuerpo y territorio, el percibir de otra forma la naturaleza me reposicionó el sentido de la audición y a comprender también que el sonido desplaza energía, que no siempre se escucha. En ocasiones la escucha normal se trastoca y este sentido adquiere otra dimensión, se aguza, pasa a ser preponderante.

sábado, 23 de mayo de 2009

Madres de mayo



No es sobre la cursilería del Día de las Madres y la manipulación comercial de su celebración sobre lo que quiero escribir, su denuncia parece hueca ante tanta estupidez. Es sobre estas otras madres, que a partir de una pérdida, han construido un futuro para los hijos de otros. Un futuro que respete la memoria, aunque sea la más dolorosa.

El 30 de abril de 1977 se encuentran por primera vez un grupo de madres de desaparecidos políticos por el gobierno militar argentino. Van a la casa de gobierno buscando explicaciones y pidiendo que sus familiares aparezcan con vida. Así comienza una de las experiencias de mayor coraje y humanidad en la historia por las luchas de derechos humanos en Latinoamérica. De ese grupo inicial de mujeres varias serían también desaparecidas y asesinadas por la dictadura.

Al haber estado de sitio y prohibición de hacer reuniones en lugares públicos, las madres comienzan a “circular” alrededor del obelisco de la Plaza de mayo, frente a la Casa Rosada de gobierno. Circulan contra el sentido de las agujas del reloj, acaso para evitar el paso del tiempo.

Asistimos a la convocatoria para acompañar a las madres el jueves 23 de abril pasado, cuando se cumplían 32 años del primer encuentro. Nos encontramos con dos grupos de madres de la plaza de mayo. Como dos aspas que giran en medio del silencio y la brisa del comienzo del otoño.

Uno de los  grupos sigue portando las imágenes de los familiares que no regresaron, con el nombre y la  fecha de su desaparición forzada escrita en las copias de las fotografías y bordadas en los pañuelos que llevan en la cabeza las madres y que es un símbolo de la resistencia  a la barbarie militar. El otro grupo se ha convertido en un actor político importante, que dicta cátedra sobre el acontecer político del país, en esa ocasión llevaban pancartas alusivas a la discusión de ley de medios de comunicación y mostraban, como se dice en el argot de las artes escénicas, una buena “producción”: franelas, pancartas y banderines impresos, personal a su cargo, varios carros alineados a un lado con el logo de las madres, etc. Uno con todo el apoyo de la pareja Kirchner, el otro acusado de haber pactado con Alfonsín, en los tiempos de la transición democrática.

La desaparición violenta del familiar más cercano enfrenta a convivir con el duelo (abierto-permanente), con la amenaza de lo perdido, que de objetivación de estigma social (ser familiar de desaparecido), mácula de violencia desencadenada, se transmuta con facilidad en rabia, deseos de venganza y acaso, en extrañas ocasiones, en necesidad de justicia. Sin embargo, en algún momento, la necesidad y “lucha” por la justicia también suplanta lo perdido. Pero como señala Ana Teresa Torres, el duelo requiere reconocimiento, exploración de lo perdido. Porque la pérdida exige, para dejarnos en paz, que hayamos dialogado con ella. […] Para olvidar a un ser perdido, es necesario primero negarnos a olvidarlo, amarlo en su desaparición, llorarlo en su ausencia, desbordarnos en su irrecuperabilidad, y así el tiempo nos traerá alguna vez la serenidad de su nombre ido*.

Aún no vemos serenidad en las madres, todavía siguen encadenadas a ese círculo, que como imago con forma uterina, mantiene la relación del movimiento con la inmovilidad. Esa abolición del tiempo y del espacio, que simboliza la recurrente circuambulación acaso exprese un deseo de mantener la unidad, de lo individual a lo social, con aquello que ya no está y, aunque ambos grupos tienen realizaciones tendidas al futuro: universidad, radio, editorial, centros culturales, luchas continuadas y respaldo hacia otros maltratados por el poder; sentimos que su desunión en dos grupos es fractura imaginal que continúa en esos dos brazos o aspas que barren el círculo simbólico, que no se tocan y son imagen especular de un país que todavía no sana de tanta pérdida.

En argentina siguen los desaparecidos, uno de los últimos, el joven estudiante de 16 años Luciano Arruga, arrestado por la policía el 31 de enero de este año y desaparecido. En el subte hay imágenes de jóvenes que no regresaron a sus hogares, o el caso terrible del albañil Julio López desaparecido, preso y torturado en los 70`y vuelto a desaparecer en 2006, después de testimoniar en un juicio contra los represores de la época de la dictadura militar.

¿Qué queda de  tanto recuerdo, de ese esfuerzo de memoria encadenada a la piedra del obelisco?

 * Torres, Ana Teresa  (2000) El diálogo de la pérdida. En Revista Bigott. N° 54-55, Caracas, pp. 114 – 120.

martes, 10 de marzo de 2009

Ceci n` est pas un Magritte


Hay gestos que suelen ser seña de identidad de oficios desempeñados, incluso de situaciones que son referencia de una época o espejos de humanidad. La mano que se acuenca para mejor sorber el agua que corre, el gesto casi instintivo de proteger la sutil llama de una vela que se quiere salvar del viento, la mano directo a la empuñadura de una espada en pose heroica, el arquear levemente el cuerpo para hacer trazos en el papel en ese gesto repetido que es la escritura, la figura exacta de mi mano para que tu seno descanse en ella.
¿Qué gestos perdió el fotógrafo cuando ganó el acercamiento de la imagen? El click del obturador, la presión de un sólo dedo sobre el mecanismo de la cámara, no guarda en la memoria una gestualidad necesaria. Acaso el mirar a través sea el guiño repetido que la fotografía legue.
Cuando nos dejamos guiar por Sonia Soberats en el curso de Fotografía Invidente, (posible gracias a la pasión de Rodrigo Benavides por la fotografía, que abarca desde hace unos años la formación) intuimos que la experiencia nos dejaría más que enseñanzas técnicas. Ver y no ver, alrededor de ese sentido fundamental para los humanos realizamos el curso. Prefigurar las imágenes que queríamos tomar, armar el espacio con elementos traídos entre los cursantes sin ninguna pauta fija. Aprender a caminar por las aceras de Caracas en ausencia de mirada. Dejarse guiar a oscuras.
Realizar este tipo de fotografías implica entrar en un performance que requiere utilizar la gestualidad del dibujante o pintor. Dibujar con haces de luz para impresionar la película, exacta definición del hecho fotográfico y, en este caso, de un proceso creativo que implica una participación en grupo, también un esfuerzo por dibujar para el ojo abierto de la cámara aquello que imaginamos como imagen. Lo que resulta siempre es inquietante para el espectador, puede haber algo espectral en los resultados, un extra de realidad, más arriba, más abajo, por los bordes. La realidad construida y la imaginada que resuenan en este encuentro, los sueños que se mezclan con elementos de la cotidianidad (una vela encendida sobre una pierna y una espada a modo de bastón, un rostro enmarcado sostenido por un personaje sin rostro). Ceci n`est pas un Magritte, también pudiéramos parodiar y decir: Ceci n`est pas un autoportrait, pero… ¿en cuál realidad?




Para información sobre la exposición visita:



martes, 2 de diciembre de 2008

Tláloc. La soledad de un dios en DF

El 12 de enero de este año viajamos a Ciudad de México, donde estuvimos por ocho días que transcurrieron entre el descubrimiento, la maravilla por los excesos de los mexicanos y los cuidados de una amiga entrañable y su familia. Sólo al regresar a Caracas nos enteramos de la muerte de Adriano González León que ocurrió el día de nuestra partida.

Una de las impresiones más contundentes de ese país amable y contradictorio se la debo precisamente a este escritor; de eso van estas líneas. No es un In memorian ni ningún tipo de homenaje, tampoco pretendo equiparar  recorridos con los del escritor, aludiendo a un compartir en la barra de un bar de las Mercedes o de la Solano, o pretender siquiera que por tomar algunas de sus clases en la Central el viejo supiera de mi existencia. No,  simplemente que en esos días de acercamiento a México tuve muy presente sus relatos.

Adriano González León. Lentes, paltó a cuadros, casi siempre llegaba con algo de retrazo. El salón ya repleto, el más grande de la Escuela de Letras de la UCV. Los pupitres ocupados, gente parada conversando y Adriano abría la puerta no sin dificultad, siempre con las manos ocupadas con libros, revistas y carpetas; detrás un séquito de estudiantes que lo abordaban apenas pisaba el pasillo de la escuela. La cátedra era la de “Literatura Latinoamericana”, su narración iba de Netzahualcóyotl a Cortázar, de Juan Rulfo  al popol vuh, del Inca Garcilazo de la Vega a Carpentier.

Verán, descubrí que Adriano hacía de sus clases un performance, una puesta en escena donde la palabra abría el espacio, entonces este personaje pequeño y rechoncho entraba en acción y el auditorio quedaba hechizado. El dar clases le ayudaba a acercarse a otras formas del decir, que no encuentra resolución sólo en la palabra escrita. Este performance de la docencia, así asumida, seduce, es el puente ideal entre el conocimiento y las formas de comunicarlo. Al terminar la clase y salir a la noche de Tierra de Nadie intentábamos digerir lo que el seductor nos hubiera servido ese día. Muchos cuentos escuchamos en sus clases, que eran como asistir a una función continuada de la memoria latinoamericana.

Su narración nos embelezó  de tal manera que siempre hemos recordado este episodio de la historia reciente de México. De seguro comenzó hablando de la importancia del dios Tláloc en la cosmovisión azteca, de sus dioses pares Chaac Mol y Cocijo entre  Mayas y Zapotecas, respectivamente. Los que comandaban las fuerzas del rayo, trueno tormenta y lluvia en la mesoamerica prehispánica.

El dios yacía en una quebrada, hasta allá iban los pobladores a visitarle, era parte de su cotidianidad. En abril de 1964, los habitantes de San Miguel de Coatlinchán asisten incrédulos  a los trabajos de remoción de la mole de piedra, grúas, obreros, camiones y visitas de expertos. La gente no reacciona hasta la víspera de su partida, entonces pinchan los cauchos de los camiones, cortan las guayas que apresan la imagen; y como siempre, las autoridades deciden, desde el miedo, la intervención del ejército en la pequeña población para controlar la poblada que no quiere entregar con ninguna gentileza inventada su patrimonio. Los habitantes de Coatlinchán hoy en día se lamentan de haber dejado partir la gran piedra con la imagen sin terminar del dios de la lluvia. Ha cambio del saqueo reciben la electricidad, les construyen una escuela y un centro de salud. Una réplica que prometieron instalar allá la han llevado solo 40 años después, y no está en la cañada que alimenta el lago Texcoco, como quería la población, sino en una plaza al centro con fuente de agua.

Consecuencias: la lluvia abandonó a esta población a un futuro de desierto. Continuidad del mito: se dice entre los pobladores de San Miguel de Coatlinchán que conocen la ubicación de otra imagen igual de colosal de la diosa “Chalchiuhtlicue”, compañera de Tláloc asociada a la tierra, las aguas del río y la fertilidad, y que clandestinamente le llevan ofrendas al lugar donde apenas florece, pues no quieren que la voracidad coleccionista de los arqueólogos también les robe este resto sagrado que les queda, y el temor a desatar la ira de viejos dioses de piedra que no perdonarían esta nueva afrenta.

El dios va tirado sobre sus espaldas, la plataforma que lo lleva es remolcada por dos camiones, como el traslado avanza lento la gente se le acerca a los largo de los casi 40 kilómetros que pasan en peregrinación de Coatlinchán a Ciudad de México. Las autoridades querían hacer una fiesta en el Zócalo a la llegada del dios, pero comenzó la lluvia.

No recuerdo si dijo que había estado ahí, pero igual nos imaginamos el episodio con González León viendo pasar los camiones que llevan a Tláloc en medio del aguacero feroz, de la población atemorizada, pues aún estos dioses son sagrados y temidos y desatan sus furias.

En Ciudad de México es obligatoria la visita al Museo de Antropología, así que cumplimos con ese ritual. A medida que avanzamos por las salas y jardines nos acordábamos de las clases de Adriano González León, pero no encontramos al dios exiliado.

La búsqueda por todo el museo y encontrarlo sólo a la salida, donde nadie voltea. Aun afuera decidimos buscarle según la guía del relato de Adriano, hasta dar con el monumento de este dios de la lluvia que perdura en piedra, con su inacabado rostro.

Al anochecer las sombras terminan de delinear las facciones de piedra de Tláloc, que ya es parte de la cotidianidad del tránsito veloz por Reforma. En el museo no lo mencionan, en el catálogo de las colecciones no se encuentra su imagen. El poder consiguió una forma de invisibilizar la mole divina. El espejo de agua, que como laguna oscura, protege de posibles intromisiones y daños a la pieza, también evita adoración y cercanía. Es un dios abandonado en una ciudad de millones. Se pasa a su vera para entrar o salir al estacionamiento del museo. Los músicos y danzantes voladores de Papantla, que cuelgan de un poste atados a un pie, tienen más público que este dios solitario, sólo con su reflejo en el agua que lo cerca.

Lo veo desde el otro lado de la avenida Reforma y las facciones cobran carácter, se completa de claroscuros lo que los escultores no pudieron terminar. Se impone a la mirada y aun intimida esa fuerza contenida en piedra.

-Adriano González León murió el 12 de enero de este año, no se si este relato lo dejó por escrito, en todo caso su charla amable de andino caraqueñizado nos dejó una marca, que podemos encontrar en la memoria, mas allá de sus libros, aquellos que tuvimos la oportunidad de escuchar sus relatos que hacían las veces de clases. Hará cosa de veinte años de esto. Esa visita a Tláloc la hicimos siguiendo la narración del escritor, quien aseguraba que esos episodios daban vida a la imaginería de todo el continente, donde un dios de piedra, aun apresado en sus 150 toneladas, desata tormentas y temores. Desde allí puede comenzar siempre la literatura.

domingo, 28 de septiembre de 2008

SÓLIDA ARQUITECTURA


- Santo yawosas- dice mi acompañante.
- Santo- repiten al unísono las tres, en un rápido movimiento el brazo derecho se pliega sobre el cuerpo y hace alusión al corazón, lo protege, lo toca.
Tres mujeres, todas de blanco en Iyaworage, todas con tocados blancos que cubren la obra de los Orishas que tienen en la cabeza, el puente que hay que proteger, que queda abierto tras la ceremonia iniciática.
No se conocen, ni siquiera se miran, es sólo un saludo recordatorio de su particular estado. Todo practicante puede decirles “santo” y ellas deben responder. También trata de jerarquías, es un “yo ya pasé por eso, tengo más tiempo consagrado en la religión, conozco más secretos que tu… eres nueva”.
Al unísono también van las manos al pecho, se diría que es un movimiento ensayado por la sincronía coreográfica, porque justo al llevar el brazo al lado izquierdo del pecho, las tres -de falda todas- levantan la pierna derecha y apuran el paso sobre los adoquines del bulevar cuando comienza a caer una llovizna, que aunque leve, las obliga a refugiarse en el sobre techo de una lunchería en la esquina siguiente. La prohibición de mojarse de esa manera es así acatada; seguramente también siguen otras prohibiciones sobre ciertos alimentos relacionados con sus santos, el no asistir a lugares con concentración de personas o espectáculos, no bailar, comer en esterilla y no en mesa, no usar cubiertos, guardarse temprano en las noches, que en ese estado no es propicio retar las fuerzas que nos circundan.
No es sencillo vestir de blanco todo un año, renunciar al color. Esta ascesis cromática refuerza el sentido de vulnerabilidad, a veces indefensión, de apertura a otro mundo que todavía no comprenden.
Pero el paso es distinto, la del extremo derecho es enérgica, viendo con cuidado ahora me doy cuenta que mientras las otras usan vestido, ésta no, lleva falda y una blusa con brocados en los bordes, detalles con mostacillas rojas. Es la de la pulsera con esferas rojiblancas, muy ostentosa, que sobresale entre las otras que lleva en la muñeca derecha. Esta morena, -anchas caderas, aún más anchas por el efecto de la falda plisada- quizá esté un poco más adelantada. La obra de Shangó en la cabeza la lleva tapada con una pañoleta blanca con encajes que deja ver el cabello crecido, lo que puede indicar que lleva algunos meses en Iyawó.
Las otras dos son hermanas, de sangre y en la religión; Oyá y Oshun caminan como sobre corrientes de agua y aire, libres, sensuales. Ambas a la saga, hermanas hasta en las cofias blancas hechas en crochet, la misma risa morena y cantarina, encarnando un torbellino de arquetipos que se reúnen con inusitada fuerza, que sin que lo sepan les traza coincidencias, repitiendo gestos, cadencias, ritos nacidos hace siglos en Nigeria trasladados por fuerza a América y que ahora permean la vida de los santeros de Caracas. Todo esto ocurre a pocos pasos de la Gran Mezquita de la ciudad, en el mismo corredor donde se sitúan la iglesia cristiana Maronita, la iglesia Santa Rosa de Lima de los peruanos y la Sinagoga de Maripérez. Ellas en su sólida arquitectura corporal trasladan su religión. Santo yawosas.

martes, 23 de septiembre de 2008

NERUDA EN EL CORAZÓN

En el año 1973 murieron tres grandes Pablos: Neruda, Picasso y Casals, así lo reseñaba un artículo de prensa de ese tiempo. Siempre quedé con la curiosidad de saber más del músico español, hasta la fecha sólo lo recuerdo en la caricatura del mismo diario, con un violonchelo entre las piernas. Los otros dos marcaron mi vida.
Hoy 23 de septiembre se cumplen 35 años de la muerte de Pablo Neruda, a sólo doce días del golpe de estado en Chile y de la muerte de Salvador Allende, no aguantó el corazón del poeta tanta desgracia junta.
La poesía de Pablo Neruda, la dedicada al amor, pareciera no ser la más leída por las últimas generaciones. Existe un escrúpulo hacia el amor, es el vínculo virtual el que se sobrestima, el decir directo que escamotea lo metafórico. Todavía mi generación, previrtualizada, estableció afinidades con la poesía amorosa y por tanto con el sentimiento mismo sin mayores reservas. Entonces hoy puedo declarar tranquilamente que he sido y sigo siendo lector intransigente de Pablo Neruda, que escribía con tinta verde y vivió enamorado hasta que sobre Chile cayó la sombra militar. Les recomiendo entonces que abramos el libro de Neruda que más nos guste y leamos algunas de las mejores poesías amorosas. Acá copio una que me acompaña cada mañana:

Al pan yo no le pido que me enseñe
sino que no me falte
durante cada día de la vida.
Yo no sé nada de la luz, de dónde
viene ni dónde va,
yo sólo quiero que la luz alumbre.
Yo no le pido a la noche
explicaciones,
yo la espero y me envuelve,
y así tú, pan y luz
y sombra eres.
Has venido a mi vida
con lo que tú traías,
hecha
de luz y pan y sombra te esperaba
y así te necesito
Así te amo.

El dibujo que acompaña esta entrada lo hizo Pedro León Zapata cuando vino a Caracas el poeta en 1958

jueves, 18 de septiembre de 2008

LIBROS QUE SON CIUDADES QUE SON LIBROS ...






La Habana


Le propongo un fácil ejercicio para estos días finales de vacaciones escolares, algunas reglas sencillas deben seguirse, es bueno aclarar, con fines pedagógicos, que no pienso acatar ninguna ni cumplir con el objetivo recomendado. Pruebe usted a revisar su biblioteca porque, digamos, parte dentro de poco a la ciudad de La Habana y entonces revisa sus querencias literarias cubanas, para refrescar el recuerdo de una ciudad que no conoce. Algo a tener en cuenta es que sólo haremos arqueo de lo que está en nuestros estantes, no valen los libros leídos pero que no tenemos, pues como se ha demostrado científicamente si no lo tenemos a mano no es fundamental, o los prestados y ya perdidos, como sabemos todos los que pedimos libros que jamás devolveremos. Ahora sí comienza la tournée: a ver, un impelable es Alejo Carpentier, (ah olvidaba algo, nada de cercanía con los autores tipo decir Jorge Luis o Alejo al nombrarlos, dese su puesto de lector-insecto), el exacto, impecable y elegante barroco cubano, tenemos a mano buena parte de su repertorio. El siglo de las luces, Concierto barroco, El recurso del método, Guerra del tiempo y otros relatos, La música en Cuba, El reino de este mundo, y por supuesto La ciudad de las columnas. Esta última obra es perfecta para el objetivo propuesto, siempre recordamos los paseos por La Habana vieja escondiéndonos del sol gracias a los pasillos columnados, algo así como pasear por la urbanización El Silencio al centro de Caracas, pero por supuesto con desmesura como todo barroquismo recomienda; además están los enrejados, signos más de la forja artística que de la inseguridad ciudadana, y gozamos además de los arcos de medio punto que llenan de colores las estancias familiares en medio del sopor caribeño. Claro también tenemos las visitas a las iglesias, las calles coloniales y el don de gente que las otras obras revelan. Bien!! Al parecer alcanzamos el objetivo, pero y ¿qué hacemos con Reinaldo Arenas, Miguel Barnet, Julio Miranda, Senel Paz, José Martí, Lezama Lima, Jesús Díaz, Ramiro Guerra, Lydia Cabrera, y Norberto Fuentes, que al hacer un recorrido imaginario también tenemos en los entrepaños? Además como las reglas las he inventado yo puedo saltarlas de vez en cuando: ¿cómo no tomar en cuenta a Guillermo Cabrera Infante y su conocimiento de la noche, la rumba y el habla habaneros? ¿Y que decir de Severo Sarduy? y… puedo decir que es un fastidio y que lo llevé a los libreros de Capitolio como relleno en un trueque. A estos últimos autores no los tengo a mano pero me llenan de recuerdos de la isla. Comienzan las complicaciones, ¿a cuál literatura me refiero? Porque Ramiro Guerra realmente fue un coreógrafo y teórico de la danza, y Barnet escribe entre la etnología y la literatura y el periodismo. Volvamos a la intención inicial, ¿cuál autor me acerca más a la ciudad, o a la experiencia de conocer una urbe ajena, el imaginario de toda una ciudad? Una última regla, que ya rompí, pues como saben quien las inventa…, es que no podemos releer ninguno de los libros, debemos sentir el recuerdo de la ciudad por medio del recuerdo de lo leído. Cuando me encontraba en flagrancia con La ciudad de las columnas, resulta que me doy cuenta que una ciudad no es sólo su particular arquitectura, por loca o afortunada que sea. Que a veces se trata de un sentir de ciudadano, de las cadencias de las mujeres al caminar en las calles, de un Volksgeist dirán los alemanes.
De regreso de la ciudad encontrada debe realizar un escrito como éste, o mejor se espera. El caso es que acá estamos de nuevo en casa y esos días han pasado por La Habana y por la isla dos huracanes de fuerza desmesurada (como si la naturaleza de éstos no fuera pura desmesura). De manera que fue una semana de refugios y ver cómo la fuerza del huracán se adueñaba de la vida de la población. Recoger agua, tener alimentos en conserva, huir de las casas a punto de caer, salir de las casas con el techo con posibilidad de salir volando, olvidarse los turistas de salidas a las provincias y todas las contingencias del caso. Que nada, se suspendieron las actividades que nos llevaban allá y hasta las noches en el malecón se aguaron. Es de admirar la responsabilidad con la vida de la gente sobre la supervivencia de las cosas que tienen los cubanos, sin muertes pasaron los huracanes, a pesar de la demostración del poder destructivo en Haití, Dominicana y Estados Unidos.
Después de unos días, hablando de esto en Caracas con un amigo, encontré la clave de este texto, me decía que quizá los cubanos olvidaron cómo rendir tributo a Humrakán, el dios de la tempestad, la tormenta, los remolinos, los aguaceros que por aspersión cruzan el cielo caribeño y que como un Strombus en su maravillosa forma helicoidal se cierra sobre sí mismo. Las referencias a los caracoles no es casual, sino veamos los que tiene el dios Tláloc (la misma deidad de la tormenta y la lluvia para los mexicas) a su alrededor en los templos de Teotihuacan. Ahí es cuando entra Fernando Ortiz, el mismo de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, quien en su obra El Huracán de 1947, nos pasea, con una erudición ya inexistente entre los antropólogos, por los símbolos y mitos asociados a esta energía concentrada en si misma cual cuerpo de caracola. Un sentimiento continua intemporal en los habitantes del caribe: el terror ante los efectos de esta fuerza cuando se desencadena, algo de eso tratan de conjurar los especialistas cuando le ponen nombres, una nomenclatura extraña que creen genera cercanía, Gustav y Ike, como si fueran conocidos, se pasean por los territorios y destruyen lo que quieran. Ahí podría estar parte del problema, en cometer el error y la estupidez de tratar lo divino como si fuera el hijo del vecino, “ya viene Gustav”, “Ike llega en dos días”. ¿Quién dijo que estamos para tutear a los dioses?
El viaje fue suspendido y sigo sin conocer La Habana. Por lo pronto espero poder rendir tributo a los mismos dioses de la tormenta y el agua y el aire, en un ritual que se realiza todos los años en este mes de septiembre, en las serranías entre Lara y Falcón, para devolver el equilibrio por medio de los elementos. Iré a una Tura y bailaremos dando giros, unos con impulso centrífugo y otros centrípeto, intentaremos ayudar a amarrar la fuerza, necesaria para que continúe la vida, que por estos días anda desatada.